Luis de La Rosa Oteiza[i]
Texto
obtenido del libro:
Escritos
Descriptivos, pag. 70.
Edit.
Cosmos, México 1979.[ii]
Compartimos la
siguiente reflexión de este político y periodista mexicano del Siglo XIX.
Respetamos el texto
tal cual aparece en el libro citado. Los subrayados son nuestros.
* * *
Hay momentos en que no se presentan a nuestro espíritu sino
ideas tristes y dolorosos pensamientos, ó en los que se agota en nuestra alma
la fuente del pensamiento y se estingue en ella toda inspiración, haciéndose
entonces insoportable la aridez y tristeza de la vida. ¿Qué consuelo hallaremos
en tan penosa situación, sino el de consultar a los hombres que tuvieron el don
de concebir grandes pensamientos y el privilegio, mas admirable todavía, de
espresarlos con dignidad y con belleza? Supuesto que nuestra alma, desgarrada
por el dolor, ha llegado a ser para nosotros como un instrumento mudo ó en el
que ya no se percibe melodía, supuesto que nuestro espíritu no es ya sino un
abismo sobre el que ningún astro arroja su esplendor, es preciso salir de
nosotros mismos, y buscar en la conversación ó en la lectura un manantial de
nuevos pensamientos.
Muchas veces tomamos un libro en nuestras manos con
indiferencia y con desprecio; pero una idea feliz, un pensamiento sublime, una
imagen risueña ó llena de belleza que encontramos en su lectura, excita en
nuestra alma ideas y reflexiones que estaban solo adormecidas, y descubrimos en
nuestro espíritu una vena de concepciones que juzgábamos agotada para siempre.
La lectura, entonces, nos agrada, y cuando la habíamos comenzado con tedio y
con pereza, no podemos dejarla ya sin sentimiento.
No conocéis todo el placer de la lectura vosotros los que
gozáis a cada instante las delicias de una sociedad culta y benévola. Es
necesario haber habitado en la soledad, entregado uno a sus pensamientos; no
hallar allí quien simpatice con sus opiniones; no encontrar siquiera analogía
entre las ideas que a uno lo dominan y las que ocupan a otros; y lo que es peor
todavía, no hallar ideas entre aquellos con quienes ha querido asociarnos la
Providencia; es preciso haber soportado una situación tan triste y tan
violenta, para conocer todo el valor de un libro, cuya lectura nos liberte del
penoso fastidio de la vida. En tales circunstancias, gustamos principalmente de
las lecturas que distraen el espíritu sin fatigarlo, y nos complace sobre todo
hallar en ellas algunas ideas nuevas, algunos pensamientos que nunca habíamos
concebido, algunas frases inesperadas, algún giro que jamas habíamos dado a
nuestra reflexión, y, en fin, alguna originalidad cualquiera que sea; porque disfrutamos
al percibir un pensamiento original el mismo deleite con que examinamos las
curiosidades que la naturaleza suele presentarnos entre sus raras producciones.
Mas, por útil y entretenida que sea la lectura, al fin llega a
cansarnos si no podemos comunicar a otros nuestras reflexiones; porque el
hombre, siendo un ser eminentemente social, es por lo mismo esencialmente
comunicativo, y la fecundidad de su espíritu lo excita sin cesar a revelar sus
pensamientos, como la fertilidad de la tierra hace brotar sobre ella las
plantas que en su seno han germinado.
No solamente es agradable la conversación de las personas de
talento; cuando uno sabe acomodar su locución, y nivelar sus pensamientos a la
capacidad de las personas sencillas, principalmente en el campo, encuentra
deleite e instrucción al mismo tiempo en conversar con esas gentes ingenuas y
veraces (de las que quedan algunas todavía) cuyo corazón, cuyas intenciones se
revelan en todas sus palabras, y que han observado muchas veces en la
naturaleza lo que se escapó a los sabios de gabinete, lo que no hallamos en los
libros de los mas afamados escritores.
No hay mas que un medio para sacar de la lectura y de la
conversación toda la utilidad que pueden procurarnos: tranquilizar el corazón y
estudiar con calma la sociedad y la naturaleza. Entonces la lectura excitará en
nuestra alma ideas muy elevadas, y la observación nos sugerirá en nuestras conversaciones,
pensamientos felices y espresiones adecuadas para grangearnos la atención y la
benevolencia de los que nos escuchen. Pero si el corazón está turbado por las
pasiones, si hay en nuestra alma un delirio vago, ardiente y doloroso que
absorve nuestros pensamientos, y nos aleja de la sociedad como de un martirio
insoportable, huyamos entonces de las conversaciones turbulentas, y de aquellas
también en las que no podemos tomar parte sin un esfuerzo mental de que nuestra
alma está incapaz. Abandonemos también toda lectura, porque recorreremos con la
vista muchas páginas de un libro sin que se haya trasmitido a nuestra alma una
sola de las reflexiones que en ellas se contienen. Recurriremos pues
entonces a la conversación de las personas sencillas e inocentes, y al trato de
los ancianos venerables por su virtud, que sufrieron como nosotros la tormenta
horrible de las pasiones; que, aleccionados en la escuela del infortunio saben
lo que es dolor, y conocen las armas mas poderosas con que podemos combatirlo.
Al escribir estas reflexiones en la soledad, se ha renovado
con ternura en mi corazón la memoria de tantos amigos distinguidos por su
talento y por su ingenio, en cuya sociedad he disfrutado muchas veces
conversaciones llenas de instrucción, de interés y de deleite. Algunos de ellos,
arrebatados por una muerte prematura, descansan ya bajo el polvo de la tierra;
pero viven aun consignados en sus escritos sus nobles pensamientos.' Los demás
han sido dispersados por la suerte, como los fragmentos de un naufragio que
vagan de aquí para allí sobre las ondas. Así separa la Providencia, por muy
sabios designios, a los que unidos por la conformidad de sus ideas, por la
uniformidad de sus sentimientos, gozarían en el seno de una amistosa sociedad
las mas dulces delicias.
[i] Nacido el 23
de mayo de 1805 en el Real y Minas de San Matías, Sierra de Pinos de la
intendencia de Zacatecas. En el transcurso de su carrera, se desempeñó como
ministro de Estado en varios roles, como senador local en Zacatecas, como
senador del Congreso Constituyente General en 1856 (el año en que murió),
candidato a la presidencia y colaborador frecuente del periódico liberal El
Siglo XIX. De La Rosa era del ala federalista y anti Santa Anna, fue uno
de los principales firmantes del Tratado de Guadalupe Hidalgo (02/feb/1848)
al final de la Guerra de México-USA, donde México cedió más de la mitad del territorio,
que comprende la totalidad de lo que hoy son los estados de California, Nevada,
Utah, Nuevo México, Texas, Colorado, Arizona y partes de Wyoming, Kansas y
Oklahoma. Además, México renunciaría a todo reclamo sobre Texas y la frontera
internacional se establecería en el río Bravo. Como compensación, los Estados
Unidos pagarían 15 millones de dólares por daños al territorio mexicano durante
la guerra.
[ii] El texto
original es un pequeño volumen de poemas en prosa del año 1848 llamado: Miscelánea
de Escritos Descriptivos. Imprenta de Lara, México. Los textos de este
volumen aparecieron previamente entre los años 1845 y 1846 en la Revista Científica
y Literaria de México, publicación de los antiguos redactores del Museo
Mexicano (1843-1845), en este también se publicaron artículos del autor, que nos
parecen de mayor interés como: El Cultivo del Maíz, Aptitud de los Indios
para las Artes, Conchología ó Historia Natural de las Conchas, La Flor de las
Manitas, Una Visita al Hospital de San Hipólito, etc.
Además, escribió: Utilidad de
la literatura en México para El Ateneo Mexicano (1844-1846) e Impresiones
de un viaje de México a Washington en octubre y noviembre de 1848 (1848),
de este, Ignacio Altamirano en una breve reseña de este libro menciona:
"Don Luis de la Rosa, que tenía cualidades para cultivar el estilo
descriptivo, no las desplegó en su pálida y breve narración de viaje a los
Estados Unidos". Emmanuel Carballo, reeditó el libro en el año 2002 y en
la introducción indica que Altamirano lo menospreció porque nunca pudo perdonar
a De la Rosa por "haber sido el cerebro del convenio de paz de Guadalupe
Hidalgo firmado con los invasores norteamericanos", y evalúa Carballo que,
este esbelto volumen tiene mucho más que ofrecer en cuanto a estilo literario e
interés histórico de lo que sugiere la declaración de condena de Altamirano.
El 29 de agosto de 1856, Luis de
la Rosa renunció al Ministerio aduciendo que padecía una "enfermedad
grave". En ese año ocupó la gubernatura de Puebla y posteriormente
nombrado Director del Colegio de Minería. A los pocos días de haber sido nombrado
Presidente de la Suprema Corte de Justicia fallece en la ciudad de México el 2
de septiembre de 1856.